Cambio de planes: en busca del paraíso

Pasé dos noches regulares en aquel hostel de Ayutthaya sucio y lleno de hormigas. Cansada de andar visitando todo el día con aquel calor, decidí que era hora de ir a conocer lo que realmente me trajo a Tailandia: ¡Sus playas!. Así que volví a Bangkok. Esta vez necesitaba un alojamiento en el que seguro fuera a estar a gusto. Buscando en Agoda encontré el Hotel Smile Inn de Bangkok, en las fotos parecía de lo más acogedor y tenía buenas reseñas, se pasaba un poco de mi presupuesto máximo, la habitación costaba 12 euros la noche. Pero lo necesitaba, así que reservé.

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Hotel Smile Inn, Bangkok
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Mapa del Hotel Smile Inn, Bangkok

El Hotel no fue fácil de encontrar, pero una vez en la habitación me di cuenta que había dado en el clavo. Una habitación monísima, algo feng chui, el colchón se encontraba encima de una madera a unos centímetros del suelo y el baño estaba separado de la ducha (Por fin, ¡Qué gustazo! Qué les costará a esta gente separar el wc de la ducha me pregunto yo). Tras ducharme en el cielo fui en busca de algo de comida: mi único deseo era comer algo rico en la cama mientras veía una serie. 

Y tras pasar por el 7 eleven (bendito 7 eleven que siempre estás cerca cuando más te necesito) llegué por fin a la cama con mis diversos manjares de comer y mi exquisito zumo de naranja. Y cuando estoy a puntito de rozar el cielo con mis dedos y alcanzar la tranquilidad que tanto necesitaba… ¡Zás! ¡¡Se cae todo el zumo en la maravillosa colcha blanca!! ¡NOOOOOOOOOO! ¡No puede ser! ¡Noooooo! Maldita mala suerte.

Traté de lavarlo yo misma, eeeeerrooor… No hice más que empeorarlo, la mancha se extendió por todas partes, eso no había quien lo escondiera. Sólo me quedaba agachar la cabeza y contar lo ocurrido en recepción para que me cambiaran las sábanas. A ver cómo les explico yo ahora que toda la colcha está mojada…

Pues no van y me dicen que probablemente tengan que cobrarme por ello. ¿Perdona? ¿Es que acaso no lavan las sábanas aquí? Además ya me habían cogido un depósito. ¡Qué mala suerte!

Tras pasar la vergüenza de dar una colcha completamente mojada, finalmente cambiaron la ropa de cama y pude relajarme. Una vez más descansada, seguí buscando con el ordenador el mejor itinerario para llegar a mi paraíso: una playa de Tailandia. Vi que una de las islas más cercanas a Bangkok era Koh Chang y hasta ahí llegó mi búsqueda. Me encontraba muy cansada, estaba en la cama y solo quería dormir. Así que me dormí (hacer lo que quieres cuando quieres es salud, 9 de cada 10 médicos lo recomiendan).

La mañana siguiente me levanté con todas las ganas del mundo de ver la playa. Mis ansias no me permitieron ni chequearlo en el ordenador. Fui a la estación de bus de Ekkamai directa y allí ya preguntaría. Sabía que para llegar a Koh Chang tendría que pasar antes por Trat.

Leí que el bus 999 era el ideal para llegar a Koh Chang, se trata del autobus público y por lo tanto del más económico. Además te dejaba justo en el ferry para ir a Koh Chang. Pero como yo de madrugadora tengo poco, no llegué a tiempo. La chica de la estación me dijo que podía coger un bus a Trat, que es lo más cerca que podría estar de Koh Chang ese día, y eso hice. Visto que allí la mayoría no habla mucho inglés, nadie supo decirme dónde exactamente pararía el bus en Trat. Así que debía esperar a llegar allí para buscar un hotel.

En la cola para comprar el ticket, una señora mayor tailandesa decidió que yo era invisible y con toda su cara se plantó delante mía en la cola. Para nada la dejé colarse, en cuanto llegó mi turno me acerqué a la ventanilla antes que ella, tss… listilla. A pesar de que la estación de autobuses era bastante grande, adivinad en qué furgoneta le tocaba subirse a tan adorable criatura. Sí en la mía, de muerte. La mujer quiso colarse y ponerse delante mía una vez más para entrar a la furgoneta. Esta vez la dejé. El burro delante…

Llegué a Trat completamente de noche, no me quedaba mucha batería en el móvil y aún debía encontrar un Hostel donde dormir. Busqué rápido en Agoda y di con el hostel Ben Ja Maidee. Pedí a un songthaew que me llevase (un transporte típico asiático, se trata de una camioneta acondicionada para llevar atrás y al aire libre a todo el que quepa, cuantos más mejor, más dinero). Cuando llegué al hostel no había nadie en la recepción, simplemente había otro viajero llamado Scott. Éste me dijo que había encontrado una nota en la mesa de que decía así: “si no hay nadie en recepción, simplemente apúntese en la lista y coja una llave.” Nos pareció muy gracioso, de lo más profesional vaya.

El hostel tenía muy buena pinta, era muy colorido y daba muy buen rollo. Cuando nos apuntamos en la lista, apareció alguien de recepción por arte de magia que nos llevó a nuestras respectivas habitaciones. Y Scott y yo quedamos en vernos más tarde en la sala común.

Cuando nos reencontramos minutos más tarde, Scott me contó que se dirigía a la isla de Koh Kood, yo sorprendida le dije que no había oído hablar de aquella isla, él me contestó que no mucha gente la conocía y que, por ello, no habría muchos turistas allí. Mientras Scott chequeaba en su ordenador el hostel en el que quería alojarse en Koh Kood me dijo: “¿Te apunto?” Y así sin más, mis planes volvieron a cambiar. Mi nuevo compañero de viaje reservó en una habitación compartida de ni más ni menos que 16 camas. Sería mi primera vez compartiendo habitación, y la verdad que aquel número me pareció un tanto excesivo pero bueno, en esta vida hay que probar de todo. Iba a perder la virginidad del dormitorio compartido por todo lo alto. La aventura continúa. 

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